A dos semanas de haber llegado a Brasil, me mudé para casa de Fátima, una señora morena, gordita, super amable y cariñosa, casada con Olímpio, 30 años mayor que ella y que ya sufre las consecuencias de la edad.
En esa casa se respiraba un aire diferente, más tranquilo, familiar y sin vicios. Allá yo tenía un cuarto para mi. Como la casa no estaba terminada, el cuarto no estaba pintado, pero tenia un escritorio y mi colchón en el piso para dormir, sin almohada, pero bueno, todos los comienzos son difíciles.
Mi estadía allá fue bien tranquila, sin problema alguno ni nada que me hiciera sentir incómodo. Fátima cocinaba divino y me atendia como si yo fuera su hijo, hasta me lavaba la ropa. Nuestras conversaciones eran finísimas porque a ella le interesaba mucho saber sobre Venezuela y yo sentía que habia alguien queriendo escuchar lo que yo queria contar.
Olímpio era más tranquilo y callado, pero siempre muy educado. Él, como la mayoria de los ancianos, queria que alguien oyera sus historias, yo era feliz hablando con él, nosotros viajábamos, yo me sentía dentro de un cuento, sobre todo luego de que Fátima me dijera que todo lo que me había dicho Olímpio era mentira, pues él sufre de Alzheimer y demencia.
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